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Retrocedamos hasta el 2009. El presidente del Real Madrid en aquel momento, Ramón Calderón, contrata a la próxima revelación del fútbol europeo. Cristiano Ronaldo estaba llamado a marcar una época.

Pero Calderón ya no es presidente del club en verano. FlorentinoPérez gana las elecciones y se convierte en el máximo mandatario (por segunda vez).

Cambio de jefe




Cristiano llega con el nuevo dirigente en las oficinas del club y es Florentino el que le acompaña en la presentación. Pero no gestionó él su fichaje. No es uno de sus galácticos.

Un año después consigue su capricho. Gareth Bale firma con el club de Concha Espina después de unas duras negociaciones llevadas a cabo por el mismo Florentino. Ya tiene a su galáctico.

El galés llegó en el 2010 con el objetivo de convertirse en el relevo generacional de Crisitano. El futuro crack encargado de cargarse el equipo a la espalda cuando las cosas vayan mal. El jugador que marque la diferencia en los partidos importantes.

Seis años sin dar un paso adelante

Pero el tiempo pasa y todo sigue igual. El ego del portugués y las grandísimas actuaciones que protagonizó hasta el pasado diciembre dejaron a Bale en el mismo segundo plano que cuando llegó.

Las cosas han cambiado. El declive de CR7 es evidente. Llegó el momento de Gareth Bale.

El expresso de Gales habló seriamente con el presidente. Bale le prometió en su vuelta después de la lesión la Liga y la Champions, con un papel clave del delantero en su consecución. A cambio le pidió algo.

La exigencia de Bale



Quiere ser el líder absoluto del Madrid a partir de la próxima temporada. No quiere esperar más. Solicitó el trono que le prometieron cuando llegó en el 2009. Le exigió que Zinedine Zidane le dejara competir con Cristiano de tú a tú por el cetro. Sin que los de arriba intervengan. Sin órdenes del club.

Eso sí, si las cosas no cambian se planteará una salida. No quiere seguir siendo el actor secundario. Considera que tiene galones para ser el número uno allí donde esté.

El Real Madrid salía ganando. El pacto era perfecto. Un doblete para apaciguar la frustración de no poder acceder al triplete y el relevo generacional en el campo que estaba esperando.

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