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El liderazgo de Sergio Ramos en el Real Madrid se escenificó con más contundencia que nunca en las horas previas al partido del equipo blanco el pasado miércoles en Múnich. El sevillano ejerció de capitán y sus arengas en el vestuario fueron el mejor estímulo para afrontar un encuentro trascendental. “Vamos a ganar”. Fueron las palabras que no cesó de repetir el andaluz. Una carga de motivación que sus compañeros asimilaron adecuadamente y que se tradujo en más de medio billete para las semifinales de la Champions.
Nadie discute el liderazgo de Ramos en el vestuario blanco. El capitán no sólo ha heredado el brazalete de leyendas como Pirri, Camacho o Fernando Hierro. También ha recogido el testigo de su forma de encarar las grandes citas. Su carácter ganador y su calidad en el terreno de juego conforman la simbiosis perfecta para comandar un grupo que, si deja atrás al Bayern, tendrá mucho camino recorrido para vislumbrar en el horizonte la final de Cardiff.
El partido de Múnich llegaba en un momento especialmente significativo. Sólo unos días después de un empate ante el Atlético que sembró dudas. Todos en el Real Madrid, desde el presidente al último empleado, eran conscientes de la dificultad del primer asalto de la eliminatoria ante el campeón alemán.
Florentino pulsó el estado de ánimo de la plantilla y se quedó sorprendido. La entidad del rival invitaba a la prudencia, pero el presidente se encontró con un grupo muy motivado, con mucha fe en la victoria. “Presi, ganamos seguro”. Fueron palabras que no dejó de escuchar en la cuenta atrás del gran duelo y que tenían su origen en el papel motivador de Ramos en el vestuario.
Ramos ya sabía lo que era salir vencedor del Allianz Arena. El defensa ya fue el gran protagonista en el asombroso 0-4 que le endosó el Madrid al Bayern en abril de 2014, antesala de la Décima. Dos goles suyos cimentaron un triunfo histórico.
Esta vez no marcó, pero fue igual de determinante. Más allá de tácticas y del papel ejecutor de Cristiano, la figura de Ramos emergió con fuerza en un grupo que supo encontrar con brillantez la salida en el laberinto de Múnich. El triunfo llegó en el terreno de juego, pero las bases del mismo se sentaron en algo mucho más etéreo: en la capacidad de liderazgo del gran capitán blanco.

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