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La verdad es que no ha sido fácil decidirnos por un gol que representara el primer mes de mayo de esta sección. Como todos saben, en el mes de mayo se deciden los títulos, llegan a su fin las temporadas y, los goles, se hacen más trascendentales. Bien, desde nuestro equipo me llegó la pregunta: “¿Oye, qué gol del mes de mayo es el más importante?”… tras unos segundos de meditación, lo vi claro…

Último tercio del mes de mayo de 1998, después de una temporada marcada por la más absoluta catástrofe en el campeonato nacional de liga, resulta que el Real Madrid C.F. se había plantado en la final de la UEFA Champions League, sin esperárselo nadie, sin entrar en las quinielas, sin ser favorito, pero ahí estaba, en la cita más esperada de la temporada futbolística, pero… ¿Cómo invitado, o había viajado hasta allí para ser protagonista?

De la última final de la Copa de Europa que el Real Madrid, C.F. había disputado habían pasado ya la friolera de 17 años, de la última que había ganado… 32.

El equipo contrario era nada más y nada menos que “La Vecchia Signora” todo un clásico del continente y con un plantel plagado de estrellas. En sus filas contaban con el guardameta Peruzzi, defensas como Torricelli o Montero, centrocampistas como Davids, Deschamps, en la línea de ataque Del Piero e Inzaghi y como estrella un tal… Zinedine Zidane. Los italianos portaban su condición de favoritos con una gallardía y una seguridad que hacían temerse lo peor a los aficionados blancos.

El partido empezó como todo el mundo esperaba, la Juve dominaba juego y ocasiones, el Real Madrid intentaba sacudirse el susto del cuerpo. Todo se fue equilibrando según pasaban los minutos, el equipo italiano seguía dominando pero el Real Madrid había generado ya juego y ocasiones suficientes como para decirle a su oponente: “¡Eh!, aquí estoy… y he venido a ganar”, sobre todo con un remate de Raúl que se fue besando el palo mediado el primer tiempo del partido. Todo acabó en tablas al final de la primera mitad, los equipos seguirían midiendo sus fuerzas en los segundos 45 minutos.

El segundo tiempo empezó de una manera diametralmente opuesta a lo que lo había sido el comienzo del partido, el Real Madrid se había metido en el partido y ya no quería salir de él. Los primeros compases de esta mitad se alternaban los golpes entre uno y otro equipo, el gol no llegaba por ninguna de las dos partes, las defensas ganaban a las delanteras y la tensión era alto voltaje.

Mediado el primer cuarto de hora la Juve apretó el acelerador y eso se convirtió en varias ocasiones de los turineses que pusieron en serios aprietos al Real Madrid, que parecía que físicamente empezaba a bajar los brazos.

En esos momentos de máximo aprieto, un balón recuperado por Hierro es bajado por Raúl en tres cuartos de cancha, el balón llega a Karembeu que lanza un pase poco preciso pero efectivo a la diestra de Seedorf, éste, con su habitual clase, baja el balón e intenta trasladarla hasta área juventina, pero el balón rebota en Pessotto y el Real Madrid tendrá que sacar de banda.

Hacia el balón se dirige Panucci, recoge la pelota y saca sobre Seedorf, este, ante la presión de dos rivales se la devuelve al italiano que envía el balón de forma poco precisa y ortodoxa hacia el área, allí, como guiado por la esperanza eterna y la capacidad de entrega santo y seña del madridismo salta Raúl en pugna con Tachinardi que despeja y deja el balón botando frente a Roberto Carlos, el lateral carioca, con la potencia que le caracterizaba la empala con el exterior del pie y hace que la pelota salga de forma alocada, incontrolable… incontrolable para el mundo, pero no para él… en ese instante Pedja Mijatovic recoge el balón con su diestra, la acaricia, la mima, se deshace de la persecución de Montero, levanta la cabeza y sólo lo ve él, con la pierna izquierda “pica” el balón, como si estuviera enviándoselo a un amigo en las playas de Montenegro, como si estuviera paseando tranquilo por la orilla del lago Skadar, como si el balón lo estuvieran esperando los mismísimos ángeles. Y así fue, el balón acarición la red, el cielo se tiñó de blanco, el Amsterdam Arena vio como el dragón blanco volvía a despertarse y una ciudad a más de 1.700 kilómetros emitió un grito ahogado, de desesperación, de locura, un grito ahogado de alivio y de rabia y millones de almas madridistas volvieron a sentir la gloria, aquella gloria que vino de Podgorica.